
El director de la Fundación General CSIC, Ramón Torrecillas, participó el pasado miércoles 25 de febrero en una mesa redonda del Foro Transfiere 2026, centrada en las claves para conformar consorcios sólidos y competitivos ante el escenario de financiación europea previsto para 2026.
Durante su intervención, Torrecillas ofreció una reflexión amplia sustentada en su amplia trayectoria por distintos ámbitos de la I+D+i —investigación académica, dirección de centros mixtos y tecnológicos, representación institucional en Bruselas y actividad emprendedora— para abordar los elementos que determinan la eficacia real de la colaboración público‑privada.
La colaboración público‑privada: un mecanismo que exige alineación estratégica
El director de la Fundación General CSIC subrayó que la colaboración entre entidades públicas y privadas “no es un concepto teórico, sino un mecanismo complejo” que solo genera resultados sostenibles cuando existe una alineación estratégica auténtica entre los socios. En demasiadas ocasiones, señaló, los consorcios se diseñan para cumplir requisitos formales, pero no para ejecutar una estrategia industrial compartida.
Cuando un proyecto forma parte de la hoja de ruta tecnológica de todas las entidades implicadas, el compromiso aumenta, las decisiones se agilizan y la explotación de resultados se planifica desde el inicio.
Excelencia tecnológica y visión de cadena de valor
Otro de los mensajes centrales fue que la excelencia científica, aun siendo imprescindible, no garantiza por sí sola la competitividad de un consorcio.
Torrecillas destacó que un proyecto puede alcanzar logros tecnológicos relevantes y, aun así, quedar estratégicamente incompleto si no contempla toda la cadena de valor, incluyendo industrialización, regulación y acceso al mercado. Sin esa visión integral, los avances corren el riesgo de no traducirse en innovaciones con impacto económico y social.
Tecnologías de doble uso: un desafío más allá de lo tecnológico
El director de la FGCSIC señaló igualmente el papel creciente de las tecnologías de doble uso, cuyos retos no son solo técnicos. Los ciclos de desarrollo difieren sustancialmente entre los ámbitos civil y de defensa, con requisitos regulatorios y administrativos muy exigentes.
En muchos casos, afirmó, la principal barrera no reside en la capacidad tecnológica, sino en el acceso relacional y la resiliencia financiera necesarias para sostener procesos largos y complejos.
Autonomía estratégica europea y reindustrialización
Ramón Torrecillas enmarcó estos desafíos en la transformación actual del enfoque europeo, que ha pasado de debates conceptuales sobre competitividad a una prioridad clara en torno a la autonomía estratégica, la soberanía tecnológica y la reindustrialización.
Hoy, recordó, la seguridad se entiende también en términos energéticos, industriales y tecnológicos, lo que obliga a promover capacidades propias y a reforzar la colaboración público‑privada como herramienta fundamental.
Gobernanza, coherencia industrial y apoyo adecuado a las pymes
Para avanzar hacia una autonomía europea real, insistió en la necesidad de impulsar consorcios con coherencia industrial, estructuras de gobernanza bien definidas y esquemas de financiación que no penalicen a las pymes innovadoras.
No se trata únicamente de proteger los fondos públicos, añadió, sino de diseñar mecanismos que permitan transformar el conocimiento en capacidad industrial sostenible.
Una colaboración orientada a la explotación de resultados
En su conclusión, el director de la Fundación General CSIC recordó que la colaboración público‑privada alcanza su potencial cuando se diseña con la explotación de resultados como eje central, y no únicamente como vía para asegurar financiación. Solo con esa orientación es posible generar proyectos que combinen excelencia científica, solidez industrial y verdadero impacto en el tejido productivo.



